Hay nombres que parecen venir con domicilio incluido.
Decís Gardel y aparece Buenos Aires. Nombrás a Fangio y nadie necesita preguntar demasiado. Decís Petiso Orejudo y, probablemente, dirán: “Ushuaia”.
Pero hay una pequeña trampa en todo esto: el Petiso Orejudo no era de Ushuaia. Ni siquiera era fueguino. Afortunadamente.
Se llamaba Cayetano Santos Godino, había nacido en Buenos Aires en 1896 y allí transcurrió la parte más terrible de su historia. Fue en las calles de la Capital donde, siendo todavía muy joven, cometió los crímenes que lo convertirían en uno de los delincuentes más famosos —y siniestros— de la historia argentina.
Godino fue condenado a reclusión por tiempo indeterminado y, después de pasar por instituciones penitenciarias de Buenos Aires, fue trasladado al Presidio de Ushuaia.
Llegó el 28 de marzo de 1923.
Tenía 26 años.
Para entonces ya llevaba encima una fama considerable. La Justicia lo había responsabilizado por crímenes aberrantes cometidos, principalmente, contra niños de muy corta edad y animales. Le imputaban además la autoría de siete incendios intencionales. Godino ya era el “Petiso Orejudo”, un personaje que había salido de los expedientes para instalarse en el imaginario popular. Y así quedó su nombre pegoteado a Ushuaia.
Y esto fue así porque es el lugar donde pasó los últimos 21 años de su vida.
Es justamente en el antiguo Presidio de Ushuaia donde hay un detalle que ayuda a entender por qué el vínculo entre Godino y la ciudad sobrevivió al paso del tiempo.
La celda 90 es identificada con el Petiso Orejudo y forma parte del recorrido del actual Museo del Presidio. Allí el visitante se encuentra con la historia de un hombre de cuerpo menudo y engañadora expresión sufrida, que llegó desde Buenos Aires y terminó confinado más de dos décadas en el extremo austral, el lugar más remoto del país.
Es decir que, mientras los crímenes ocurrieron a miles de kilómetros, la memoria del personaje quedó físicamente instalada en Ushuaia.
Y fue justamente en el antiguo Presidio donde murió, ajusticiado por otros presos, luego de que volviera a las andadas y matara a la mascota del pabellón, como todas sus víctimas, un indefenso gato.
Ahí está la explicación sencilla de este indeseado vínculo y de cómo se convirtió, con el paso del tiempo, en parte de la historia de la ciudad.
Y después vino el mito
Acá conviene hacer una pausa.
Porque una cosa es Cayetano Santos Godino, el hombre que existió, y otra es el personaje que fue creciendo alrededor de él.
Con los años aparecieron relatos, versiones, anécdotas y detalles difíciles de comprobar que fueron alimentando la leyenda. El criminal dejó de ser solamente un hombre encerrado en un expediente judicial y pasó a convertirse en una especie de monstruo popular. Un Jack el Destripador vernáculo, capaz, incluso, de atraer a cierto turismo. Godino murió en el Presidio de Ushuaia el 15 de noviembre de 1944.
Tenía 48 años.
Aunque su historia no terminó del todo aquel día.
Porque el Presidio cerró sus puertas pocos años después, en 1947, pero el nombre del Petiso Orejudo quedó pegado a sus paredes, ganó las calles y se catapultó a nivel internacional, en libros y películas.
Y ahí aparece la parte más siniestra de esta historia: el hombre que hizo de niños y otros seres vulnerables el blanco de su crueldad terminó convertido, décadas después, en un souvenir. Su nombre y su rostro hoy aparecen en remeras y recuerdos que algunos turistas se llevan de Ushuaia como una postal más de la ciudad.
Y así fue que, nos guste o no, el Petiso Orejudo terminó quedándose en Ushuaia. No solamente en su arrumbada tumba del Cementerio Antiguos Pobladores, sino también – mal que nos pese – en la historia de la ciudad.
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