Hay números que parecen empeñados en contar una historia, caprichosos o frutos del azar.
Este año Ushuaia cumple 142 años.
Ciento cuarenta y dos años desde aquel 12 de octubre de 1884 en que la bandera argentina fue izada por Lasserre en estas costas, donde el cura Bridges intentaba hacer creyentes a los yaganes.
Así comenzó a consolidarse la presencia argentina en el extremo sur, muy al sur. La Ushuaia del cielo celeste infinito, la Ushuaia de la nieve, del frío y el viento, la de su olor a mar y algas, la de sus ríos, sus lagunas y sus arroyos, la Ushuaia de los días cortos y los días largos. La Ushuaia de los días de abrigo en capas y asados bajo la lluvia.
De esas lluvias que no conocen paraguas.
Pero 1884 fue mucho más que el año en que Ushuaia comenzó a escribir su historia.
Ese mismo año, en la Argentina, se promulgaba la Ley 1420 de educación común, gratuita y obligatoria. Una ley que entendía que construir un país no consistía solamente en ocupar un territorio, sino también en educar a quienes lo habitarían.
Mientras tanto, en Berlín, las grandes potencias comenzaban una conferencia que terminaría estableciendo las reglas mediante las cuales Europa podía reclamar y ocupar territorios africanos. No fueron los pueblos africanos quienes se sentaron a decidir su propio destino. Fueron las potencias las que discutieron las reglas para sus propias pretensiones territoriales. Repartirse lo que nunca fue de ellos, justificarse con la excusa de que los negros «no tienen alma», como solían decir para poder esclavizarlos sin culpa, pero con látigos, grilletes y con leyes. Olvidarse de sus deseos, de sus tribus y sus creencias.
Qué extraño mundo aquel de 1884.
Un mundo que, por un lado abría escuelas y pensaba en la educación como herramienta de construcción colectiva para el desarrollo de una nación y por otro discutía en los salones de Europa cómo podían las potencias extender su dominio sobre territorios ajenos. Dos maneras completamente diferentes de entender qué significa construir una sociedad, justa, libre, soberana, dueña de su destino y consecuente con sus propias decisiones.
Y hay más.
Francia le regalaba a EEUU la estatua de la libertad. Un país que hoy usa los grilletes de la deuda para esclavizar a países con gobernantes débiles y socios criollos elegidos por su pueblo, que son vende patria.
Educación.
Territorio.
Libertad.
Tres palabras que siguen atravesando nuestra historia.
Y entonces aparece una coincidencia casi increíble.
En la relojería Cartier, el modelo Skeleton funciona con 142 piezas exactas. Ciento cuarenta y dos componentes minúsculos que, por separado, no hacen prácticamente nada, pero juntos hacen funcionar un mecanismo capaz de medir el tiempo con exactitud.
Quizás ahí esté la mejor metáfora para estos 142 años de Ushuaia porque una ciudad también está hecha de piezas.
Sus calles, sus montañas, el puerto, las escuelas, los hospitales, los trabajadores, los antiguos pobladores, los que llegaron después, los que nacieron aquí, los que tuvieron que irse y los que regresaron.
Cada uno también es una pieza.
Y ninguna pieza funciona sola, como la ciudad.
Hoy volvemos a vivir tiempos en los que grandes potencias se enfrentan militarmente por territorios, fronteras, recursos e intereses. Tiran bombas en nombre de la paz, matan niños como moscas en las escuelas de Irán, mientras juegan a la mancha o comen un plato de sopa flaca, entre los escombros en Gaza.
El siglo XXI, con toda su tecnología, todavía conserva demasiado del lenguaje del siglo XIX.
Y entonces vuelve una pregunta incómoda.
¿Quién tiene derecho a decidir sobre un territorio?
Porque un territorio no es un pedazo de papel sobre un mapa. No es el tablero del TEG, donde China ataca a Kamchatka.
Tampoco es una porción de torta que alguien puede cortar y repartir.
Pero pagamos la torta, nos mandan a buscar las servilletas y el cuchillo a la cocina, soplan la vela y se la reparten los que no fueron invitados al cumpleaños y no trajeron regalos.
Y cuando aparecen decisiones políticas, económicas o judiciales que los habitantes perciben como una amenaza a su territorio, el debate debería ser profundo, público y respetuoso por parte de las instituciones, sin olvidar nunca una cosa fundamental:
detrás de cada territorio hay personas y el territorio no es nada sin las almas que las habitan. Sin los sueños y proyectos de los que aquí decidieron hacer nudo. Ushuaia conoce demasiado bien el valor de vivir en un lugar que durante siglos fue considerado simplemente una coordenada remota en un mapa. El culo del mundo.
Y a mí también me resultaba una ciudad remota en mi Quilmes natal. Me sonaba como un lugar que jamás creí siquiera visitar por su lejanía.
Pero no.
Es una ciudad.
Es una comunidad.
Es una historia construida durante 142 años.
Y quizás por eso el aniversario no debería ser solamente una celebración del pasado.
Debería ser también una declaración de confianza en el futuro.
Porque si 142 piezas pueden hacer funcionar un reloj de lujo, 142 años pueden hacer algo mucho más importante: construir una ciudad.
Una que no necesita mirar hacia atrás con miedo, pero sí con orgullo.
Que no necesita responder al mundo con violencia, pero sí con identidad propia, cultura y educación.
Que puede defender lo propio con inteligencia, memoria, trabajo, educación, unidad y dignidad.
Y en esa construcción colectiva no tenemos que olvidar que en 1884, mientras otros discutían cómo repartirse territorios, Argentina aprobaba una ley para que sus hijos pudieran aprender. Por eso debemos conocer la historia, y que los jóvenes la conozcan para no volver a repetir errores. Pero historia real, no de ficción, que solo beneficia a los ricos a costa de la pelea de pobres contra pobres vilmente manipulados mediáticamente.
Los territorios pueden defenderse con fronteras.
Pero se sostienen verdaderamente con personas que los conocen, los aman, los trabajan y los sienten propios.
Que nadie nos haga creer que somos solamente el último punto de un mapa.
Somos las personas que hicieron posible que ese punto se convirtiera en una ciudad.
Y mientras esas 142 piezas sigan funcionando juntas, Ushuaia seguirá teniendo algo que ninguna potencia, ningún mapa y ninguna decisión puede fabricar: una historia propia y un futuro por construir.
Y hoy, en el atardecer de mi vida, sin haber nacido fueguino, sé que adonde me lleve la vida diré siempre con orgullo que me convertí en uno adoptivo, pero fueguino al fin.
Y Malvinero hasta el fin de mis tiempos.
¡Feliz aniversario, Ushuaia!.
* El Dr. Hernán Alejandro Sasaki, es especialista en ginecología, con amplia trayectoria en cirugía ginecológica y experiencia en cirugía ginecológica oncológica.
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