Cuando una mujer decidía o no (reflexivamente o coercitivamente) tomar los hábitos durante el período Barroco (siglo XVII y principios del siglo XVIII) debía profesar votos de castidad, pobreza, obediencia y promete someterse a las reglas de la comunidad a la que se ordenaba. Esas “reglas” eran las directrices de los principios que guiaban el comportamiento dentro del contexto de la vida cotidiana de las místicas.
Ellas vivían en los conventos de cada Orden. Estos lugares sagrados estaban ligados a la oración generalmente y al arte, la escritura, la pintura y la música particularmente.
Era frecuente que tomaran los hábitos siendo muy jóvenes y en la adolescencia ya eran nombradas monjas. Por lo general su origen familiar tenían padres muy devotos. Aunque es verdad que el grupo era heterogéneo y otras niñas estaban anotadas como de “padres desconocidos”. Muchas veces buscaban huir, eran presionadas por sus familias, tenían una vida considerada desordenada para esa época, querían salir de la extrema pobreza o el nacimiento de algún hijo ilegítimo que ya había sido ocultado de la vida social en el convento oportunamente.
Cuando iban ascendiendo en la carrera clerical podían tener vínculos cercanos con el poder como Sor Beatriz Galindo quien acompañó hasta sus últimos días a Isabel la Católica o Sor María Jesús de Ágreda que con tan sólo veinticinco años fue nombrada abadesa y en su vida eclesiástica fue confidente de Felipe IV. Muchas de ellas fueron el verdadero poder en las sombras de las cortes reales.
En el caso particular de las monjas de la orden de las Carmelitas Descalzas su vida llevaba el sello de la rigidez y la clausura perpetua. Su existencia parecía haber sido desterrada del mundo, lo cual les exigía un gran compromiso personal. Su noción del tiempo y espacio se modificaba para siempre. Las paredes del convento eran verdaderas barreras que las separaban de lo mundano y las alojaban en el eterno tiempo monacal.
Su vida espiritual de perfección reproducía un orden social apoyado en el honor y la religiosidad. Claro que estos conventos femeninos eran supervisados por las cabezas eclesiásticas integradas por varones. La Iglesia argumentaba que la vigilancia garantizaba el cumplimiento de las reglas de cada orden.
Intramuros las historias no serían tan impecables.
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