Si una sociedad no puede garantizar el acceso a la salud, la educación y el trabajo, sus integrantes no tienen oportunidad de soñar con tiempos mejores.
Diversas encuestas realizadas recientemente en nuestro país develan que entre el 40 y el 60% de los jóvenes consultados, ante preguntas relacionadas con sus expectativas de progreso para el futuro, responde de “pocas” a “ninguna”.
La educación pública, gratuita, obligatoria y universal fue creada y tiene su razón de ser en función de diversos objetivos.
En lo individual, es una de las herramientas más importantes para la equiparación de oportunidades. Permite que, sin importar la procedencia social del individuo, pueda educarse y formarse para aspirar a ser una mejor persona, con mejores herramientas en pos del progreso individual.
Pero la importancia de la educación pública no termina en eso. La educación pública, gratuita y obligatoria está diseñada como una herramienta de equiparación social; es la palanca imprescindible para la conformación de una sociedad mejor.
Cuanto más alto sea el nivel educativo que pueda alcanzar el conjunto, mejor será el rendimiento y la convivencia social.
Un país con una educación sólida tiene mayores oportunidades de desarrollo y posibilidades de tomar mejores decisiones en pos de un futuro promisorio.
Hace más de 50 años que en nuestro país, en forma paulatina, se viene deteriorando la educación pública.
Con los años decayó ostensiblemente la calidad educativa de los egresados. También es claro que disminuyó sistemáticamente el nivel de preparación, calidad y compromiso de los maestros.
De a poco, y a raíz de que el Estado comenzó a desentenderse del tema mediante la falta de control pedagógico y el desfinanciamiento sistemático, la mayoría dejó de ser maestro para transformarse en “trabajadores precarizados de la educación”.
Paralelamente, se incrementó la deserción escolar, sin que nadie controlara seriamente el cumplimiento de la obligatoriedad de la educación pública.
Los jóvenes fueron obteniendo pasivamente información mediante el poco confiable “googleo”, mucho a través de las redes sociales y, últimamente, mediante motores de búsqueda por IA. Ninguna de estas fuentes resulta confiable y controlada para la enseñanza ni como motor del desarrollo del pensamiento individual.
Tomando como base este panorama, ¿cómo podremos esperar que las nuevas generaciones tengan conocimientos sólidos sobre ciencia, matemáticas o historia?.
¿Cómo podemos pretender que tengan incorporados los sustentos para el pensamiento crítico?.
¿Cómo podemos pretender que entiendan que, al elegir o al votar, están comprometiendo el rumbo individual y del país?.
¿Y cómo podemos sorprendernos de que crean en propuestas que, aparte de ser delirantes, van en contra de sus propios intereses?.
Actualmente, todo se reduce a un círculo vicioso, donde la educación está cada vez más devaluada, los educadores mal formados y muchas veces poco comprometidos, y la sociedad cada vez más embrutecida y fácil de manipular cuando debe actuar y defender sus derechos.
Todo sigue cayendo en espiral mediante la falta de recursos destinados al tema y los reiterados paros docentes —ahora en nuestra provincia por tiempo indeterminado—, que parecen ignorar que perjudican seriamente a los niños provenientes de las familias con menos recursos.
Es notable observar inclusive que familias de recursos magros a las que les cuesta mucho pagar una institución educativa de gestión privada, hagan ese inmenso esfuerzo igual. Aunque más no sea para que sus hijos tengan la oportunidad de ir a clases. A veces, sin evaluar si eso conlleva una mejor calidad de enseñanza o no.
Mientras tanto, el Estado mira para otro lado y deja pasar cosas que hieren fatalmente el presente y el futuro de la sociedad, y especialmente de las jóvenes generaciones de las clases menos favorecidas.
La pregunta incómoda es:
¿No se dan cuenta?
¿O es que todo es parte de un plan de reconfiguración social donde se busca que estos chicos nunca puedan acceder al progreso intelectual y, por ende, a la oportunidad de disputar poder?
La pregunta está en el aire. Lo claro es que hay responsables:
Un Estado desentendido y desfinanciador.
Una sociedad poco comprometida con la calidad educativa de sus hijos e ignorante de la importancia de la misma como factor de ascenso social.
Unos docentes que dejan de lado la vocación y se desentienden de la importancia social de su tarea, poniendo por encima una forma de reclamar salario que daña al más vulnerable.
También es claro que la sociedad en su conjunto debe reflexionar acerca de qué tipo de país pretendemos: si vamos a seguir por la senda del deterioro educativo y social, o vamos a defender el modelo de país desarrollado que soñaron nuestros padres y abuelos cuando eligieron esta noble tierra para arraigar a sus familias.
La respuesta está en cada uno de nosotros.
¿Tendremos la valentía de responderla?.
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