Mensajes que circulan entre provincias, versiones sin confirmar y posibles desafíos virales impactan en jóvenes fueguinos. En Río Grande, crecen las preguntas sobre el rol de la escuela, las familias y el mundo digital.
“¿Es verdad que va a pasar algo?”. La pregunta circula en pasillos, grupos de WhatsApp y charlas entre compañeros en escuelas de Río Grande. Aunque en Tierra del Fuego no se registraron hechos concretos, la repetición de amenazas en distintos puntos del país generó un clima de inquietud que se instala, sobre todo, entre los estudiantes.
Los mensajes aparecen, se replican y viajan de una escuela a otra, muchas veces sin confirmación, pero con suficiente impacto como para alterar la rutina. En ese recorrido, las redes sociales funcionan como amplificadoras de un fenómeno que crece más rápido que las certezas.
En aulas de distintos puntos de la ciudad, desde barrios como Chacra II hasta el centro, el tema ya forma parte de la vida cotidiana. “Capaz es mentira, pero igual te queda en la cabeza”, reconoció un estudiante.
Una alumna, al reflexionar sobre lo que ocurre, advirtió: “No se dimensionan los actos de violencia en las escuelas. Estas amenazas hacen que algunos lo tomen como una broma. Nos explicaron que es peligroso y que es ilegal, pero no tenemos herramientas para que deje de pasar”.
También señaló el rol de lo digital: “El uso de redes influye mucho. Detrás de una pantalla, estas bromas no se toman como algo grave. No se dimensiona —o no se quiere dimensionar— que una amenaza a un colegio es algo serio”.
Frente a este escenario, surgen preguntas más profundas. ¿Qué pasa con los jóvenes cuando no están en la escuela? ¿Quién observa, quién acompaña? La escuela no es sólo un lugar de aprendizaje: es un espacio de convivencia donde la presencia adulta permite detectar, intervenir y orientar.
En Tierra del Fuego, además, la falta de continuidad en las clases agrega complejidad. Sin esa presencia sostenida, el seguimiento se debilita y los espacios de contención se reducen.
Sin continuidad en las aulas, cualquier intento de abordar estos fenómenos queda a mitad de camino. Porque no hay protocolo posible si no hay presencia sostenida, ni intervención real si falta el vínculo cotidiano. En ese escenario, la preocupación deja de ser sólo por las amenazas y pasa a ser por todo lo que queda sin abordar.
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