Francisco Guardabassi es profesor en Ciencias de la Educación, fueguino «nacido y criado» y hoy referente de evaluación e investigación provincial. En diálogo con ((La 97)) Radio Fueguina, en la columna “Chicos que Crecen”, contó que su historia con la educación empezó casi sin querer: a los 17 años se fue a La Plata a estudiar otra cosa, con un sueño que todavía le brilla en la voz.
«Siempre me imaginé como psicólogo», comentó resumiendo su visión de él en la adolescencia, y con esa idea viajó a estudiar Psicología, con una ilusión «muy romántica en ese momento» de encontrar «una profesión para acompañar a la sociedad». La carrera le pareció «preciosa», aunque con un enfoque clínico que lo dejó con dudas: «el mano a mano, me parecía como poco». Fue entonces cuando se cruzó con el documental «La Educación Prohibida», que en aquel momento logró hacer que piense «en torno al dispositivo educativo» como algo digno de mirar.
Buscando otras carreras en la Universidad de La Plata, encontró Ciencias de la Educación «casi por casualidad». Recordó que sintió «una intuición», y no dudó en definirla: «la verdad que fue la intuición más precisa que tuve en la vida». Hoy, resaltó, es «la profesión que aprendí a amar».
Antes de llegar ahí, su paso por la secundaria tuvo sus vueltas. Pasó por el Don Bosco y por el CPET, donde, confesó: «no me gustaba mucho el dibujo técnico, pero bueno, había como una necesidad de que salga con un título, esa como la retórica familiar». En el último año se cambió al Haspen, una escuela a la que, dijo, «le tengo mucho cariño», y cuyas profesoras lo «consolidaron ciertos intereses intelectuales». No sabe si lo prepararon para la universidad, pero sí que «consolidó por ahí algunas inquietudes y ciertas sensibilidades que después volvieron en mi desarrollo como estudiante y ahora en mi profesión».
Lo que lo mueve, explicó, es «la sensación de que uno tiene que aportar a que el mundo que lo rodea sea mejor». Y lo dijo sin vueltas: «No tratar de nunca pensarme solo como un individuo que tiene que juntar para uno».
El día en que se recibió, en 2019, no lo vivió solo. Se graduó «junto con dos compañeros más: Simón y Joni», a quienes definió como «dos grandes amigos de la vida, que me dio la universidad, la carrera y la militancia». Con ellos hizo toda la carrera, lo que describió como «una forma muy preciosa de cerrar ese capítulo de los tres», entre fotos, festejos y la caravana, y con «mucha alegría, porque fue un esfuerzo muy grande para toda la familia de acá». Asimismo, reconoció que tuvo «un privilegio muy grande en ese sentido: poder dedicarme a estudiar», y por eso, cree que su carrera fue «es gracias a eso».
La militancia le mostró otro camino. Conoció la educación popular, y entendió que «el trabajo de uno tiene fuerza a la medida en que está en esos territorios, en esos lugares donde pasan las cosas». Con esa convicción volvió a Río Grande en 2020, unos meses antes de la pandemia, a una tierra que, aunque era la suya, «no dejaba de ser una tierra en el buen sentido extraña» después de casi nueve años afuera. Recordó que llegó a un «febrero muy desesperante», de «incertidumbre total», hasta que de a poco se fue abriendo camino.
Hoy trabaja en el IPES “Paulo Freire”, que ya siente propio: «hoy es mi casa también», dijo, y aclaró que «no es solo es un lugar de trabajo». Agregó que ese espacio le dio «una gran plataforma para conocerme, para desarrollarme profesionalmente, para animarme también a probarme», y que fue «la casa de estudios que me permitió también desplegarme con confianza». Además, hace muy poquito, tuvo «la suerte de ser referente de evaluación e investigación provincial» en el Ministerio de Educación.
Sobre el oficio, Guardabassi no escatimó adjetivos: para él es «apasionante», y lo es también «la responsabilidad que tenemos» de «garantizar un derecho que es inalienable, es muy grande». Recordó a su profesor Stanislav Antelo, ya fallecido, que decía que quienes vuelven al ámbito educativo después de transitarlo «somos medio locos», porque «uno lo ve como estudiante que lo padece, que lo sufre», y sin embargo elige volver. Para él, en ese gesto «siempre hay un plus», algo que va más allá de lo laboral: «un lugar muy humano», el de la empatía, el de «pensar qué le está pasando a esa otra persona».
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