“La casa de las bellas durmientes” es una novela de Yasunari Kawataba (Osaka, Japón, 1899- Zushi, Japón, 1972) quien fue el primer Premio Nobel de Literatura de Japón (1968). Esta novela fue publicada originalmente en la revista Shincho en el formato entregas desde enero de 1960 hasta el mes de noviembre del año 1961.
En este relato Kioto se abre ante los lectores. El hospedaje de las bellas durmientes no cuenta con una ubicación precisa, este parece ser un punto misterioso en la ciudad sólo conocido por aquellos parroquianos ya entrados en años, atados a la costumbre y la necesidad de frecuentar muchachas vírgenes y por consiguiente de corta edad. Eso quizás los haga olvidar a esas múltiples amantes que los dejaron sumidos en una tristeza que no llegó a ser satisfacción. En medio de la controversia que nos despierta cuando leemos este libro en nuestra época, juzgamos desde nuestro lugar los códigos que deberán respetar los potenciales clientes. Las jóvenes permanecen dormidas bajo los efectos de un narcótico potente y enigmático. Claro que aunque parezca que todo vale, no es así. Hay reglas que se deben seguir a fin de continuar con la concurrencia al exclusivo club.
Los ancianos, sumamente ricos, quienes acceden a este tipo de experiencias, han de respetar el reglamento: pueden mirarlas, tocarlas, dormir con ellas, pero no están permitidas las relaciones sexuales, ni los actos crueles, ni despertarlas.
Todo comienza cuando un anciano solitario, Yoshio Eguchi, decide aventurarse en una visita a esta posada. Un amigo le había contado que se puede permanecer tendido junto a una bella doncella. Una habitación con cortina de terciopelo rojo, una muchacha demasiado joven y desnuda, un hombre en el ocaso que debe retirarse antes del amanecer con el propósito de no ser visto.
Eguchi sólo observa, pero viaja en cada visita hacia aquellos recuerdos de juventud. Su mente lo llevará hacia la aceptación de su decrepitud y la muerte. Él le teme profundamente, pero la curiosidad hace que se despliegue su imaginación.
El cuerpo proyectado en el tiempo hace que ambos sean fugaces, la belleza es efímera. La última noche, la quinta, le dará la razón a Eguchi. Un anciano muere, pero una joven doncella también. Vejez y juventud, tan lejanas y tan próximas a la vez.
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