En el marco de octubre, el Mes Rosa, desde AIRE LIBRE FM compartiremos todos los sábados del mes testimonios de mujeres que atravesaron el cáncer de mama. Historias de lucha, de miedo, de acompañamiento y, sobre todo, de esperanza. La idea es la de concientizar sobre la importancia de la prevención y de los controles médicos. En esta primera edición, conocemos la historia de Gisela Andino, una mujer que a los 34 años atravesó un cáncer de mama, luego de haber enfrentado anteriormente un cáncer de tiroides.
Su historia también habla de la importancia de escuchar al propio cuerpo y, fundamentalmente, de no dejarse estar con los controles. Gisela comenzó a realizarse controles mamarios a los 25 años. La decisión surgió por la posibilidad de antecedentes familiares, aunque no tenía certezas.
“Primero fui a un control de rutina como todos los años, desde los 25 que me controlo, porque en mi familia sospechábamos que había antecedentes de cáncer, porque es una familia muy grande”, contó.
Después de amamantar, en uno de esos controles apareció un nódulo. En un principio, los estudios no indicaban que fuera maligno, pero con el paso del tiempo la situación cambió.
“Al principio no era nada, los primeros controles no eran un nódulo que sea maligno, digamos. Y bueno, después con el tiempo sí descubrimos que era maligno, gracias a una revisión anual que me hice, que me hicieron repetir a los 6 meses. Y bueno, ahí se detectó que era malo”, relató.
Una de las particularidades de su caso fue que Gisela nunca había sentido el nódulo por sí misma. El tumor estaba ubicado detrás del pezón y pudo ser detectado gracias a los estudios.
“Yo en mi cuerpo no lo sentí, porque mi cáncer estaba alojado atrás del pezón, entonces a la hora del tacto yo no lo sentía”, explicó.
Fue durante un control con su oncóloga cuando finalmente pudo palparlo.
“La primera vez que lo palpé fue en un control con la oncóloga, que ella me lo hizo sentir, y ahí sí me di cuenta que estaba, pero anteriormente no”, recordó.
A partir del diagnóstico comenzó un largo camino de estudios y tratamiento. Primero llegó la punción y luego distintos controles para determinar las características de la enfermedad y establecer el tratamiento adecuado.
“Te hacen punción, luego de tener un resultado y la charla con el mastólogo, te hacen otros estudios como resonancia mamaria, como tomografía, bueno, mucho chequeo de sangre”, explicó.
En su caso, el diagnóstico determinó que debía atravesar seis ciclos de quimioterapia.
El tratamiento trajo consigo cambios físicos importantes. Gisela recuerda especialmente los primeros días después de aquella primera sesión.
“El primer ciclo fue como el más duro y el más largo, porque es el primero donde te ponen todo, y bueno, ahí al principio es el agotamiento, porque es muy fuerte la droga que entra al cuerpo”, contó.
A eso se sumaron otros cambios que hicieron que muchas veces fuera difícil reconocerse frente al espejo.
“La caída del pelo, las ojeras, se te caen las pestañas, la ceja, podés adelgazar, o al revés, engordar por todo lo que entra al cuerpo”, relató.
El cabello comenzó a caerse apenas diez días después de la primera sesión.
“Te peinabas o te bañabas y te cae el pelo como, no sé, si fuera un puñado de uva más o menos”, recordó.
Pero el cáncer de mama no fue la primera enfermedad que Gisela tuvo que enfrentar. Años antes había atravesado un cáncer de tiroides, una experiencia que también dejó una marca en su vida.
“Sí, de tiroides, si bien ese no es tan invasivo como el de mama, es más llevadero en el tiempo por lo que te queda, no sé cómo explicarlo, porque es como que te queda ahí para toda la vida saber que no tenés más tiroides, pero tenés que estar medicada”, explicó.
Actualmente debe continuar con un tratamiento de por vida. Sin embargo, lejos de quedarse solamente con lo difícil, Gisela reconoce que atravesar estas experiencias también le permitió valorar de otra manera las oportunidades que tiene por delante.
“Sí, la verdad que sí”, respondió cuando fue consultada sobre si siente que la vida le dio una segunda oportunidad.
Superar el tratamiento significó recuperar pequeñas cosas que durante esos meses habían quedado en pausa.
“Todo es alegría. Sí, uno puede, no sé, disfrutar de otras cosas”, contó.
Y puso como ejemplo la posibilidad de volver a viajar y disfrutar de otros lugares, algo que durante el tratamiento había tenido que dejar de lado debido a los cuidados necesarios para proteger sus defensas.
“Cuando uno está en el tratamiento tiene que cuidarse no solamente del cuerpo, sino también la salud, porque tiene que estar fuerte”, explicó.
Durante ese período también tuvo que limitar el contacto con otras personas para evitar enfermedades y contagios.
“Yo he evitado juntarme con mucha gente, capaz que otras personas lo toman de otra manera, ¿no? Cada uno lo vive diferente”, señaló.
En todo ese proceso, la familia y los amigos tuvieron un papel fundamental.
“Sí, así es, igual ellos siempre estuvieron, siempre”, destacó.
Para Gisela, los controles fueron determinantes. La mamografía y los estudios mamarios permitieron encontrar algo que ella no podía detectar mediante el tacto.
“Sí, la verdad que sí, el control temprano, digamos, de mamografía y de ecografía mamaria es re importante”, afirmó.
Ella comenzó a controlarse desde los 25 años.
“Yo empecé a los 25 años a hacerme los controles mamarios, de curiosa”, contó.
Y destacó también la importancia de la ecografía en mujeres jóvenes.
“Generalmente la mamografía no es buena, no tiene buena calidad de imagen cuando somos más jóvenes, es lo que yo entiendo, ¿no? Pero la ecografía sí, así que con eso también se puede detectar, porque ahí se ven si hay nódulos o no”, explicó.
Durante su tratamiento, además, Gisela se encontró con otras mujeres que atravesaban situaciones similares. Y hubo algo que le llamó especialmente la atención: la edad de muchas de ellas.
“En los pasillos de la clínica, ahí uno se encuentra de todas las edades, cada vez más jóvenes”, contó.
Ella misma fue diagnosticada a los 34 años.
“Antes, no sé, uno decía cáncer de mama y se imaginaba una persona adulta, una persona mayor de 50 años, ¿no? Y ahora somos cada vez más jóvenes las personas que tenemos cáncer de mama, y en mi caso fue a los 34 años”, reflexionó.
Después de haber atravesado dos tipos de cáncer, Gisela se queda con aprendizajes que hoy forman parte de su vida: la constancia, la contención y la decisión de no rendirse.
“Bueno, constancia, que eso para mí fue importante. Después, mucha contención, no sé, a no rendirme”, expresó.
El tratamiento completo llevó dos años. Hasta que llegó uno de los momentos más esperados: el estudio que confirmó que ya no había enfermedad.
“Fue lo mejor. Uno va a hacerse los estudios y piensa que está, ¿no? Pero fue lo mejor que me pudieron decir que estaba todo bien y que ya no había más nada”, contó emocionada.
Ahora los controles continúan cada seis meses, pero con una certeza diferente.
Y al final de su testimonio, Gisela dejó un mensaje para todas las mujeres durante este Mes Rosa:
“Que no se dejen estar, que si tienen dudas le pregunten a su médico, que si les da miedo que busquen a alguien que los acompañe a hacerse los estudios”.
Y agregó una frase que resume gran parte de su historia:
“Nunca está de más preguntar. Nunca nadie sabe qué es lo que tiene el cuerpo. Es un misterio, ¿no?”.
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