(Por Fernando Lapadula) (*)
Tengo una teoría bastante poco científica sobre el supuesto conflicto entre argentinos y chilenos.
En las redes suelo expresarla de una manera menos elegante: el conflicto entre Chile y Argentina vive, principalmente, en la cabeza de algunos pito corto de Santiago y Buenos Aires que probablemente jamás se sentaron a comer con un chileno o con un argentino del otro lado de la cordillera.
Quienes vivimos en zonas de frontera, y particularmente quienes vivimos en la Patagonia, conocemos otra realidad.
Podemos comer un asado de este lado, cruzar y tomar un pisco del otro. Podemos discutir durante horas quién hace el mejor cordero patagónico y acompañarlo con Malbec o Carménère según corresponda. Nos peleamos por fútbol, por alguna cuestión histórica, por quién maneja peor en la ruta y hasta por cómo se prepara determinada comida.
Después seguimos comiendo juntos.
Porque acá la frontera existe en los mapas, en Migraciones y en las aduanas. En la vida cotidiana es bastante menos impresionante.
Durante décadas compartimos familias, comercio, trabajo, turismo, rutas, clima, problemas y una geografía que nunca pidió permiso a Buenos Aires ni a Santiago para ser una sola.
Por eso me resulta particularmente inquietante observar el entusiasmo con que algunos vuelven a contar aviones, tanques, barcos y misiles para determinar quién tiene la poronga militar más larga..
Es 1978, pero con TikTok
Uno abre una red social y rápidamente aparecen videos explicando si Chile podría derrotar a la Argentina, si Argentina recuperó capacidad aérea, cuántos F-16 tiene uno, cuántos submarinos tiene el otro, quién controla el Estrecho o quién llegaría primero a determinado punto de la Patagonia.
Y, como ocurre con casi todo en las redes, cuanto más miedo, indignación o nacionalismo barato produce el contenido, mejor funciona.
No creo seriamente que haya un señor en Washington apretando un botón que diga “hacer pelear argentinos con chilenos”. No tengo prueba de eso y tampoco hace falta imaginarlo.
Los algoritmos ya hacen bastante bien el trabajo solos.
Pero tampoco debemos ser ingenuos respecto de los intereses que existen alrededor.
Argentina y Chile tienen hoy gobiernos de derecha, ideológicamente cercanos y con discursos fuertes sobre seguridad, defensa y soberanía. Paradójicamente, sus relaciones institucionales son buenas. En septiembre de este mismo año ambos gobiernos hablaron oficialmente de una relación bilateral “excelente”, reafirmaron los tratados limítrofes vigentes y volvieron a destacar la cooperación en el Atlántico Sur y la Antártida, incluida la reunión de la Comisión Chile-Argentina en Materia Antártica. Argentina y Chile incluso desarrollan actividades militares y de seguridad conjuntas.
Es decir: mientras los Estados cooperan, las redes nos invitan a desconfiar.
Y ahí está el peligro.
Porque una carrera armamentista no necesita necesariamente que dos gobiernos quieran iniciar una guerra.
Alcanza con que uno compre armas porque considera que necesita modernizarse. El vecino mira, se preocupa y compra las suyas. El primero observa la respuesta y concluye que tenía razón en preocuparse.
Y empieza el juego.
Estados Unidos, además, no oculta que vender armas forma parte de su política exterior.
Donald Trump firmó este año una estrategia oficial —presentada en febrero y confirmada después como política de Estado— para acelerar las transferencias de armamento norteamericano, priorizar como compradores a los países que más gastan en defensa y utilizar esas ventas tanto como instrumento geopolítico como para fortalecer la industria de Estados Unidos. No lo digo yo, está escrito en una orden presidencial.
Por eso no hace falta imaginar grandes conspiraciones.
Si Argentina compra armas estadounidenses y Chile compra armas estadounidenses, para Washington el negocio funciona, aunque nunca se dispare un tiro. Y si empezamos a tener miedo unos de otros, mejor todavía para el vendedor.
Ahora imaginemos por un instante que el disparate escala.
Primero nos venderán las armas. Después nos pedirán moderación. Luego aparecerán los llamados a la paz, los mediadores internacionales, las bases logísticas necesarias para “estabilizar la región” y algún enviado especial explicándonos, en perfecto inglés, cómo debemos comportarnos.
Y nosotros habremos financiado cuidadosamente todo el proceso.
Podría exagerar todavía más y escribir que, si argentinos y chilenos somos suficientemente idiotas como para destruirnos entre nosotros, algún día aparecerán los Marines a pacificar la Patagonia mientras alguien descubre casualmente que Vaca Muerta, el litio, el cobre y el Atlántico Sur son demasiado importantes para dejarlos en manos de dos países arruinados.
No tengo elementos para afirmar que semejante cosa vaya a ocurrir. Pero tampoco hace falta llegar tan lejos para hacerse una pregunta elemental: ¿a quién beneficia estratégicamente una Argentina enfrentada con Chile?
Seguramente no a la Argentina.
Y tampoco a Chile.
Hay un tercer actor al que conviene mirar con algo más de atención: Gran Bretaña.
Siempre admiré, incluso cuando sus objetivos fueron contrarios a los nuestros, la extraordinaria capacidad de la diplomacia británica para pensar en décadas mientras nosotros discutimos la semana próxima.
El Reino Unido mantiene una importante presencia militar en Malvinas y acaba de formalizar, a fines del año pasado, su estrategia antártica hasta 2035. En ella reafirma la defensa de sus intereses, la administración del territorio antártico que considera británico y la continuidad de su presencia naval y aérea en la región. Ese pretendido territorio británico se superpone precisamente con sectores reclamados por Argentina y Chile.
Y aquí aparece una de las mayores ironías.
Argentina y Chile, con todos nuestros conflictos históricos, somos precisamente los dos países sudamericanos que tienen una relación geográfica, histórica y logística inmediata con la Península Antártica. Durante décadas construimos cooperación en ese continente, patrullajes conjuntos y reconocimiento recíproco de nuestros derechos.
Gran Bretaña reclama parte del mismo espacio.
No hace falta ser Henry Kissinger para comprender quién sale beneficiado si argentinos y chilenos comenzamos nuevamente a mirarnos como enemigos.
Y tampoco hace falta que Londres organice nada. La diplomacia verdaderamente buena consiste muchas veces en esperar pacientemente a que los demás cometan solos sus errores.
Hay además otra confusión que conviene despejar. Se repite mucho que “en 2048 vence el Tratado Antártico”. No es cierto. Ni el Tratado Antártico ni el Protocolo de Madrid vencen ese año. Lo que puede ocurrir a partir de entonces es que se solicite una conferencia de revisión del Protocolo, bajo condiciones particularmente exigentes para modificarlo. La propia Secretaría del Tratado Antártico lleva años tratando de desmentir el mito del vencimiento.
Pero que no exista un vencimiento automático no significa que la Antártida vaya a permanecer eternamente ajena a las tensiones internacionales.
Todo lo contrario.
Y por eso, justamente, Argentina y Chile deberían llegar a las próximas décadas más unidos, no contando cuántos misiles necesitaríamos para matarnos mutuamente.
Desde Tierra del Fuego la cuestión se ve de una manera bastante distinta. Para muchos de nosotros Chile no es “el extranjero”. Es el vecino, es un compañero de colegio, es algún familiar.
Para salir por tierra de la isla hacia cualquier provincia argentina tenemos que atravesar territorio chileno. Compartimos el Estrecho, los ferries, las rutas, los temporales, la distancia y esas horas maravillosas esperando que abra un paso fronterizo mientras el viento patagónico intenta arrancarnos la puerta del auto.
Eso genera una percepción bastante diferente de la que suele construirse desde las capitales.
La frontera entre Argentina y Chile fue durante demasiado tiempo dibujada y discutida por señores de galera que observaban mapas desde Buenos Aires, Santiago o Londres.
Sus choznos digitales hoy continúan la tradición desde Twitter.
Mientras ellos calculan hipotéticos movimientos de tropas, nosotros cruzamos para comprar, trabajar, visitar familiares o comer.
Por eso cada vez que veo argentinos y chilenos insultándose en redes sobre quién ganaría una guerra recuerdo una frase que durante años creí, equivocadamente, que era de Serrat.
No lo es. Circula atribuida al piloto alemán Erich Hartmann, y probablemente tenga antecedentes anteriores. Pero importa bastante menos el autor que la idea:
“…las guerras terminan siendo peleadas por personas que no se conocen y no se odian, siguiendo decisiones de personas que sí se conocen y que jamás van a dispararse entre ellas”.
En Patagonia la frase podría corregirse todavía un poco.
Acá sería peor. Mandarían a pelear a personas que sí se conocen y no se odian.
El soldado argentino podría terminar apuntándole a alguien con quien tomó un pisco en Punta Arenas.
El chileno, a alguien con quien compartió un asado en Río Grande.
Mientras tanto, quienes encendieron el conflicto probablemente mirarían las operaciones sobre una pantalla, bastante lejos del viento, del frío y de los muertos.
Estados Unidos hará política exterior conforme a sus intereses.
Gran Bretaña hará exactamente lo mismo.
China hará lo suyo.
No corresponde escandalizarse por eso. Las potencias no tienen amigos eternos ni enemigos eternos. Tienen intereses.
La pregunta es bastante más incómoda:
¿nosotros sabemos cuáles son los nuestros?
Porque si hay algo que Argentina y Chile deberían haber aprendido después de doscientos años de convivencia es que podremos discutir prácticamente todo.
Pero convertir nuevamente al vecino en enemigo sería probablemente el negocio más estúpido que podríamos hacer.
(*) Fernando Lapadula
Abogado peronista. De trayectoria principalmente en el ámbito privado, ha sido autoridad del Colegio Público de Abogados y asesor en varias ocasiones en casas legislativas. Encarna un legado familiar con el compromiso por la equidad. Referente de Provincia Grande.
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