Hoy Ushuaia celebra un nuevo aniversario. Habrá palabras sobre nuestra historia, nuestra identidad y nuestro futuro. Y es una ocasión apropiada para preguntarnos qué lugar ocupan esas palabras durante el resto del año. Porque honrar una ciudad también exige cuidar su memoria, acompañar a quienes producen cultura y garantizar espacios donde la comunidad pueda reconocerse, expresarse y pensar.
Ushuaia merece una discusión profunda sobre sus prioridades culturales. La existencia de actividades, talleres y espectáculos no resuelve por sí sola esa deuda. Necesitamos una infraestructura a la altura de la ciudad que somos y de la que aspiramos a construir, un centro cultural integral que nos represente, condiciones adecuadas para la música y las artes escénicas, museos fortalecidos, archivos protegidos y oportunidades sostenidas para nuestros creadores.
Ponerle a una sala el nombre de “centro cultural” no basta. Su verdadero alcance depende de lo que permite hacer, aprender, ensayar, investigar, producir, exponer, encontrarse. Depende también de sus equipos profesionales, de su equipamiento, de su accesibilidad y de un presupuesto que garantice continuidad.
En ese sentido, debemos revisar lo que podríamos llamar la “cultura de los eventos”. Estos tienen valor porque la celebración colectiva forma parte de la cultura. No hay duda de que la gente necesita de ellos y los merece. El problema aparece cuando concentran la atención política y desplazan los procesos menos visibles, aquellos que requieren trabajo paciente y cuyos resultados difícilmente puedan resumirse en una fotografía. El presupuesto para cultura debe permitirnos distinguir la diferencia entre el evento de una jornada y el plan de una gestión.
Debemos entender que la cultura no ocupa solamente nuestro tiempo libre, en realidad da significado al tiempo y al lugar que compartimos. Reducirla al entretenimiento hace que perdamos de vista su capacidad para construir comunidad, arraigo, sentido de pertenencia, nuestra propia identidad y, con ello, la huella digital de un pueblo.
La cultura debe ser protagonista esencial de las políticas públicas. Además de organizar actividades, una política cultural adecuada tiene que sostener archivos, bibliotecas y museos. Acompañar a creadores y organizaciones, recuperar memorias, cuidar el patrimonio y facilitar que la población participe de esas decisiones. Su importancia atraviesa la educación, la planificación urbana y la relación con el ambiente.
Una política cultural democrática debe aceptar la crítica, la diversidad y el desacuerdo. Su responsabilidad es generar condiciones para que las voces de una comunidad se expresen con libertad, incluso cuando cuestionen a quienes administran los recursos públicos. Su experiencia permite reconocer necesidades que una oficina puede pasar por alto. Convocarlos únicamente para integrar una programación desaprovecha su capacidad de pensar proyectos, sostener instituciones y contribuir al futuro de la ciudad.
También debemos discutir la idea de utilidad porque, claro, se sospecha que la cultura no es útil. ¿Cuánto vale un archivo que permite reconstruir nuestra historia? ¿Cómo se mide la experiencia de un niño que descubre la música? ¿Qué precio tiene conservar un testimonio que, una vez perdido, nadie podrá recuperar? ¿Cuánto vale la inspiración y la experiencia del artista que hace fotografía o pinta un cuadro?
Si solamente consideramos útil aquello que produce una ganancia inmediata, buena parte de nuestra vida colectiva queda condenada a justificarse permanentemente. La literatura, la arqueología, la investigación histórica o la conservación patrimonial pasan a depender de lo que sobre… y lo que sobra casi nunca alcanza.
Entonces aparece la respuesta que ya conocemos: “hay otras prioridades”. Por supuesto que necesitamos viviendas, servicios, salud, educación y obras públicas. Pero gobernar exige atender necesidades simultáneas y planificar más allá de las urgencias. La postergación permanente de la cultura también tiene consecuencias: documentos que se deterioran, vocaciones que se abandonan, conocimientos que dejan de transmitirse y oportunidades de encuentro que desaparecen.
Los museos merecen algo más que sobrevivir. Resguardar una colección requiere personal, investigación, conservación y trabajo educativo. Sostener un archivo demanda mucho más que guardar papeles. Cuidar el patrimonio exige actuar antes de que el deterioro transforme una tarea posible en una pérdida irreversible. En Ushuaia, además, esta responsabilidad alcanza a nuestra relación con el paisaje y con quienes nos visitan. La profundidad de un destino también nace de sus relatos, sus memorias y sus expresiones culturales. Pero el derecho de los habitantes a participar de esa riqueza tiene valor por sí mismo, aun cuando no se venda una sola excursión.
Este aniversario podría abrir un debate serio sobre un plan cultural de largo plazo, presupuesto previsible, infraestructura adecuada, protección del patrimonio, apoyo a la creación y participación efectiva de quienes trabajan en el sector. Compromisos públicos que puedan evaluarse y que continúen más allá de los calendarios electorales. Cuando se apaguen los equipos y se retiren los escenarios, la ciudad seguirá necesitando lugares para crear, memoria para rescatar y bienes culturales que proteger.
La cultura merece un lugar estable en el futuro de Ushuaia. Postergarla también es una decisión política.
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