¡Compartí esta noticia!
13/10 2026 Beagle 1978: después de 48 años, los jóvenes de entonces volvimos a marchar juntos

Por Juan Carlos Arcando (*)

Hoy desfilamos por primera vez juntos quienes en 1978 estuvimos a punto de entrar en guerra con nuestros hermanos de Chile. Cuarenta y ocho años después, cada paso tuvo un significado profundo, recordar a los muchachos que fuimos, abrazar a los compañeros que siguen entre nosotros y llevar en el corazón a quienes partieron sin poder vivir este momento.

Muchos teníamos apenas dieciséis años y cumplimos diecisiete durante aquel año. Vestíamos el uniforme de la Patria, algunos recién habíamos egresado de nuestros institutos de formación y ya prestábamos servicio. Éramos adolescentes con responsabilidades de hombres, lejos de nuestras familias, aprendiendo a convivir con una posibilidad que a esa edad resulta difícil de comprender, que una orden pudiera llevarnos a una guerra y que quizás no regresáramos a casa.

Hoy, al marchar, aquella historia volvió a hacerse presente.

El conflicto del Beagle tenía raíces antiguas. Las diferencias sobre la interpretación del Tratado de Límites de 1881 enfrentaban a la Argentina y Chile por la soberanía de las islas Picton, Lennox y Nueva y por los espacios marítimos vinculados a ellas. En 1977, el procedimiento arbitral sometido a la Corona británica adjudicó las tres islas a Chile. El gobierno argentino declaró nulo el laudo el 25 de enero de 1978. Las negociaciones posteriores no consiguieron resolver el desacuerdo y la tensión fue creciendo.

Mientras las autoridades discutían límites, derechos y posiciones estratégicas, en el extremo austral se desplegaban hombres, buques, aeronaves y medios de defensa. Sobre los mapas había líneas e islas en disputa. En los puestos y las embarcaciones había personas, muchas de ellas muy jóvenes, que debían cumplir las órdenes recibidas.

Yo fui uno de esos jóvenes.

Estaba embarcado en el aviso ARA Alférez Sobral. Desde allí fui desembarcado en comisión en Puerto Parry, en la Isla de los Estados, como parte de la dotación que tuvo la misión de construir el primer asentamiento de lo que hoy conocemos como Apostadero Naval A.R.A. Comandante Luis Piedrabuena.

Cada vez que recuerdo ese lugar, pienso en lo que significaba estar allí con dieciseis años. La inmensidad del paisaje austral, el aislamiento y el trabajo que debíamos realizar formaban parte de nuestra vida cotidiana. Estábamos construyendo una presencia argentina en un rincón distante de la Patria, mientras alrededor nuestro crecía la incertidumbre.

Posteriormente fui desembarcado, también en comisión, en la zona de Estancia Harberton, para brindar apoyo logístico a las fuerzas especiales de la Armada Argentina destacadas allí. Participé además en distintas navegaciones de aprovisionamiento a los puestos desplegados a lo largo del canal Beagle, en la zona del cabo de Hornos y en la Isla de los Estados.

El abastecimiento era una tarea indispensable. Detrás de cada puesto había camaradas que necesitaban alimentos, materiales y elementos para sostener su misión. Cada navegación nos vinculaba con esos hombres y con la responsabilidad compartida de permanecer preparados.

Mi experiencia fue una entre tantas. Hubo integrantes de las Fuerzas Armadas y de Seguridad destinados en embarcaciones, bases, destacamentos y posiciones fronterizas. Cada uno conserva sus recuerdos. Ningún relato individual puede abarcar todo lo que se vivió.

También permanece en nuestra memoria el esfuerzo de la población civil. Como expresamos en la carta dirigida al Santo Padre, hubo mujeres y hombres que trabajaron en hospitales, enfermerías y servicios esenciales; vecinos que colaboraron en la organización de sus barrios y familias que se prepararon para una emergencia. La incertidumbre alcanzaba a toda la comunidad.

Y a la distancia, estaban nuestras madres, nuestros padres, nuestros seres queridos, esperando noticias.

La fe acompañó a muchos durante aquellos días. En tierra y en el mar elevamos nuestras oraciones a Dios. Nos encomendamos a la Virgen y a Stella Maris, protectora de los navegantes. En medio de las responsabilidades del servicio, también éramos hijos que deseaban volver a encontrarse con sus familias.

El 22 de diciembre de 1978, la crisis alcanzó su momento más peligroso. La Argentina había dispuesto la denominada Operación Soberanía para ocupar las islas en disputa. El enfrentamiento parecía inminente, pero su ejecución fue suspendida al aceptarse la intervención de la Santa Sede.

Se abrió así una oportunidad decisiva para evitar la guerra.

San Juan Pablo II, que llevaba apenas unos meses de pontificado, asumió un compromiso que cambiaría el destino de nuestros pueblos. Envió al cardenal Antonio Samoré, cuya misión ayudó a detener la marcha hacia el enfrentamiento y a encauzar las conversaciones. El propio Papa recordaría después que aquella solución había evitado pérdidas incalculables, especialmente de vidas jóvenes.

Para quienes estuvimos allí, esas vidas tienen un significado concreto. Podían ser las nuestras. También las de los jóvenes chilenos que, del otro lado, cumplían sus órdenes y tenían familias esperando su regreso.

Desde mi fe, siento que la Providencia obró por medio de la Iglesia y de quienes aceptaron buscar un entendimiento.

La solución definitiva requirió años de trabajo. El Acta de Montevideo, firmada el 8 de enero de 1979, formalizó el camino de la mediación y el compromiso de ambos países de abstenerse del uso de la fuerza. En diciembre de 1980, Juan Pablo II presentó una propuesta que dio continuidad a ese proceso, todavía difícil y prolongado.

Ya con la democracia argentina, el gobierno de Raúl Alfonsín impulsó la culminación del acuerdo. El 25 de noviembre de 1984 se realizó una consulta popular no vinculante que respaldó la firma del tratado. Cuatro días después, el 29 de noviembre, los cancilleres Dante Caputo y Jaime del Valle firmaron en el Vaticano el Tratado de Paz y Amistad. El intercambio de los instrumentos de ratificación se concretó el 2 de mayo de 1985. Así culminó la mediación papal y quedó establecido el acuerdo que resolvió la controversia austral.

La paz permitió que aquellos jóvenes tuviéramos un futuro. Pero nuestra participación quedó durante décadas relegada a los recuerdos personales, a las conversaciones entre camaradas y a la memoria de nuestras familias.

Por eso tiene tanto valor el paso que dio la Legislatura de Tierra del Fuego el 22 de diciembre de 2025, al sancionar la Ley Provincial 1613, que instituyó esa fecha como el Día del Participante del Conflicto del Canal Beagle. La norma, promulgada de hecho el 13 de enero de 2026, dio una expresión institucional al homenaje y al reconocimiento largamente esperados.

Ese reconocimiento llega cuando los muchachos de entonces ya somos hombres mayores. Algunos camaradas han fallecido. Otros atraviesan enfermedades o limitaciones. Todos merecen que su servicio tenga un lugar en nuestra memoria colectiva.

Hoy marchamos con orgullo por haber servido a la Patria y con emoción por volver a encontrarnos. En nuestros pasos estuvieron también los camaradas ausentes, las familias que nos esperaron y aquellos adolescentes que aprendieron tan temprano cuánto podía exigirles el deber.

A los jóvenes de hoy queremos dejarles nuestra historia. Que sepan lo cerca que estuvimos de una guerra y cuánto costó construir el entendimiento. Que cuiden esa paz y que conozcan a quienes estuvieron allí.

Cuarenta y ocho años después, pudimos desfilar juntos. Para muchos de nosotros fue una forma de sentir que aquella parte de nuestras vidas encontraba, finalmente, un lugar visible en la historia de nuestra tierra.

“Argentina y Chile es Paz y Amistad”.

Ese es nuestro lema y el legado que queremos dejar a nuestros hijos y nietos. Quienes estuvimos frente a la posibilidad de una guerra sabemos cuánto vale preservar la paz entre dos pueblos hermanos. Honrar nuestro servicio a la Patria significa también mantener viva la memoria, defender nuestra soberanía y sostener el diálogo como camino para resolver las diferencias, con respeto por los derechos de cada nación. Agradecemos a quienes hicieron posible aquel entendimiento y deseamos que ninguna generación vuelva a vivir la incertidumbre que atravesamos. Que nuestras banderas flameen siempre en paz y que la memoria de lo vivido nos ayude a cuidarla.

Hoy desfiló también aquel muchacho de dieciséis años que fui y que, en el transcurso de 1978, cumplió diecisiete. Lo hizo junto a sus camaradas, con la emoción del reconocimiento y una gratitud que nunca se apagará: “haber podido volver a casa”.

(*) Juan Carlos Arcando – Gobernador (MC) de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur

Related