Por Natalia Jañez
Una escuela de Río Grande decidió restringir el uso de celulares durante las clases. No se trata de demonizar la tecnología, sino de preguntarnos qué lugar ocupa cuando estamos aprendiendo, conversando y conviviendo con otros.
Una decisión concreta
Hace poco conocí una decisión tomada por el CIERG de Río Grande: restringir el uso de celulares durante las clases.
Me interesó el motivo. No porque la escuela considere que el celular no sirve. Al contrario: durante años los alumnos lo utilizaron para realizar trabajos y actividades.
El problema apareció cuando la herramienta empezó a ser, en determinados momentos, más distracción que recurso.
Entonces pusieron un límite.
Y quizás ahí haya algo para pensar.
No todo es celular sí o celular no
Hace tiempo discutimos qué hacemos con los teléfonos de nuestros chicos. Y muchas veces terminamos en posiciones extremas: prohibirlos o permitirlos.
Pero la vida real es bastante más compleja.
Una misma herramienta puede ayudar a aprender y también distraer. Puede acercarnos a alguien que está lejos y, al mismo tiempo, alejarnos de quien tenemos al lado.
Por eso creo que la discusión no debería ser solamente cuánto usan el celular.
También deberíamos preguntarnos para qué lo usan y qué estamos dejando de hacer mientras lo usamos.
Volver a mirarnos
En Vamos a Tratarnos Bien hablamos de convivencia. Y cada vez estoy más convencida de que convivir también es aprender a estar presentes.
Escuchar. Esperar. Conversar. Resolver una diferencia. Aburrirse incluso.
No podemos pretender que nuestros chicos aprendan a vincularse responsablemente si los adultos no revisamos también nuestros propios hábitos.
La tecnología llegó para quedarse. Y nuestros hijos van a convivir con ella mucho más que nosotros.
El desafío no es enseñarles a vivir sin celulares.
Es enseñarles que hay momentos en los que guardarlos también es una manera de cuidarnos.
Porque quizás cuando el celular deja de estar en el centro, aparece algo que habíamos dejado de mirar.
El otro.
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