Por Natalia Jañez
Hay una verdad tan simple como necesaria: nadie deja de ser ciudadano por asumir un cargo público. Sin embargo, con demasiada frecuencia quienes ejercen responsabilidades públicas parecen olvidarlo.
Un intendente, un legislador, un concejal, un ministro o cualquier funcionario siguen siendo, antes que nada, ciudadanos. La diferencia es que la sociedad les confió, por un tiempo, la responsabilidad de representarla y tomar decisiones en nombre del interés común. Ese mandato no los coloca por encima de nadie. Les impone una obligación mayor: escuchar más, dialogar más y rendir cuentas con mayor responsabilidad.
Sin embargo, muchas veces ocurre lo contrario.
Se habla de participación ciudadana, de puertas abiertas y de construcción colectiva. Se multiplican las convocatorias, las mesas de trabajo y los espacios de diálogo. Pero con demasiada frecuencia la participación tiene condiciones no escritas: se escucha a quienes piensan igual, se convoca a los de siempre y se ignoran las voces que llegan desde otros ámbitos de la sociedad. Las diferencias incomodan más de lo que enriquecen.
Después aparecen los diagnósticos conocidos. Que la ciudadanía no participa. Que existe apatía. Que la política perdió credibilidad. Pero tal vez la pregunta deba ser otra: ¿cuánto está dispuesta la dirigencia a escuchar cuando la ciudadanía decide involucrarse?
La confianza no se reclama. Se construye. Y se construye respondiendo, reconociendo aportes, aceptando críticas y entendiendo que una buena idea no vale menos porque haya nacido fuera de un despacho, de un partido político o de un espacio de poder.
La política no es el problema. Nunca lo fue. Es la herramienta más valiosa que tiene una sociedad para organizarse, debatir y transformar la realidad. El problema aparece cuando quienes la ejercen confunden representación con superioridad, autoridad con privilegio o diálogo con obediencia.
Representar no significa hablar en nombre de la ciudadanía. Significa hablar con ella.
También la ciudadanía tiene una responsabilidad. Participar no termina el día de una elección. Una democracia necesita vecinos comprometidos, capaces de proponer, controlar, debatir y asumir un rol activo en la construcción de lo público. Pero ese compromiso solo florece cuando existe la certeza de que del otro lado hay voluntad de escuchar y no simplemente de administrar la participación.
Los cargos son transitorios. La ciudadanía es permanente. Tarde o temprano, quienes hoy toman decisiones volverán a ocupar el mismo lugar que cualquier vecino: el de esperar una respuesta, presentar una propuesta o reclamar que su voz sea tenida en cuenta.
Porque la democracia no necesita dirigentes que recuerden que alguna vez fueron ciudadanos. Necesita dirigentes que nunca olviden que lo siguen siendo.
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