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17/08 2026

Hay decisiones que no siempre aparecen como un sueño desde el principio. A veces surgen de una oportunidad, de una conversación o de una persona que aparece en el momento indicado. La historia de Fabián Baeza tiene algo de eso. Su primera elección no fue la Odontología, pero aquella carrera que comenzó casi de manera inesperada terminó convirtiéndose en su profesión y en una parte central de su vida.

En la columna «Chicos que Crecen», que se emite por ((La 97)) Radio Fueguina, Fabián relató que nació y creció en Río Grande. Su recorrido escolar comenzó en el jardín del Colegio Don Bosco y continuó allí hasta quinto año. Se reconoce como un “salesiano de pura cepa” y guarda de aquella etapa recuerdos que todavía permanecen, además de amistades que, décadas después, siguen formando parte de su vida.

El gran abrazo entre Fabián y su padre, con su madre al lado, al momento de haberse recibido.

Al terminar la secundaria, su intención inicial estaba vinculada a la Medicina. La posibilidad de estudiar en La Plata aparecía como el camino elegido, aunque el sistema de ingreso a la carrera, que por entonces contaba con un examen eliminatorio, hizo que ese proyecto comenzara a complicarse.

Fue en ese contexto cuando apareció un amigo que terminaría siendo fundamental. Diego Montero, con quien actualmente también trabaja, le habló sobre la posibilidad de estudiar Odontología.

“Siempre me atrajo el área de salud, pero no desde el área de odontología, sino desde el área médica”, recordó Baeza. La Odontología no había sido su primera opción, pero finalmente decidió tomar ese camino.

Una carrera lejos de casa

Irse a estudiar significó mucho más que comenzar una carrera universitaria. Para Fabián implicó dejar atrás a su familia, sus amigos y su ciudad para instalarse en La Plata, en una época en la que las comunicaciones a distancia todavía estaban lejos de la inmediatez actual.

Comenzó sus estudios en la Universidad Nacional de La Plata y, durante ese período, también atravesó otros recorridos vinculados a la profesión. Estudió mecánica dental y asistencia dental, hasta que comprendió que todavía tenía pendiente aquello que había ido a buscar: recibirse de odontólogo.

Finalmente continuó su carrera en la Universidad Católica Argentina, donde logró completar su formación. Pero el camino estuvo acompañado por otra dificultad: la necesidad de trabajar para ayudar económicamente a su familia.

Fabián junto a su familia, incluida su pareja y su abuelo.

La situación económica de aquellos años hizo que alcanzar el título fuera todavía más difícil, aunque también reforzó la decisión de terminar aquello por lo que había dejado Río Grande.

Y hubo una parte de esa experiencia que, incluso muchos años después, todavía permanece especialmente presente.

“Siempre recuerdo que era la vuelta de vacaciones. El pararse frente a la puerta de ese departamento, sabiendo que detrás de esa puerta no había nadie”, relató.

Después venía la valija, el departamento vacío y un recuerdo capaz de acercarlo por un instante a su casa: el olor de la ropa.

“Los olores del jabón para la ropa que con tanto amor ponía tu mamá. La verdad que hoy me llevan a la emoción de vuelta”, contó.

Aquellos momentos de soledad también fueron parte de su formación. Para Baeza, irse a estudiar significó crecer no solo desde lo académico, sino también desde lo personal.

“Es una experiencia muy noble, muy formativa, no solo en la cuestión académica, sino en cuestión de vida”, sostuvo.

El día en que se recibió

Después de años de estudio, trabajo y distancia, llegó uno de los momentos que más recuerda: el egreso.

Sus padres, Rebeca y Julián, estuvieron presentes. También su abuelo, amigos y personas cercanas que habían acompañado el proceso.

Para Fabián, aquel día tuvo un significado que trascendió ampliamente el título profesional. Lo ubica, junto con el nacimiento de su hija, entre los momentos emocionalmente más importantes de su vida.

“La verdad que es un momento que atesoro en lo más profundo de mi corazón”, reconoció.

Detrás de ese logro estaba también el esfuerzo de sus padres. Su papá provenía de una familia trabajadora vinculada a la carpintería, mientras que su mamá no había podido terminar la escuela primaria. Fabián fue el primer universitario de la familia y entiende ese recorrido como una historia de crecimiento que no le pertenece solamente a él.

“Mis padres se rompieron el alma para poder hacer esto posible”, afirmó.

Y agregó una frase que resume buena parte del peso afectivo que tiene su historia familiar: “Mis padres me dejaron un gran apellido y una vara muy alta siempre”.

Para Baeza, aquel título también significó abrir un camino para los que vinieran después. Una posibilidad que podía convertirse en referencia para sobrinos y otros integrantes de la familia.

“Donde voy, van mis familias”, expresó.

Fabián, junto a su padre y a su abuelo: las 3 generaciones de «Baeza’s». Volver a Río Grande

Después de tantos años fuera de la provincia, llegó el momento de decidir dónde continuar su vida. Y aunque durante un tiempo existieron otras posibilidades, finalmente el regreso a Río Grande terminó imponiéndose.

Entre las razones hubo una que reconoce de manera especial: los amigos.

“Una de las razones por las cuales vuelvo a Río Grande fueron los amigos”, confesó.

Se trata de un grupo de siete amigos que se conocen desde hace muchos años y que mantienen el vínculo hasta hoy. El Colegio Don Bosco aparece nuevamente como parte de esa historia, como el lugar donde comenzaron relaciones que sobrevivieron al paso del tiempo y a la distancia.

Actualmente, incluso, comparte espacios laborales con algunos de ellos. Desde esos lugares busca aportar a la ciudad en la que nació y creció.

“Tenemos la oportunidad de trabajar para dar un granito de arena a esta hermosa ciudad que nos dio tanto”, sostuvo.

Su regreso, entonces, no fue solamente profesional. También significó reencontrarse con sus afectos y con una parte de su propia historia.

El mensaje para quienes hoy tienen que irse

La experiencia personal también marcó la mirada que Baeza tiene sobre los jóvenes que actualmente deben alejarse de sus familias para estudiar.

Su consejo es claro: aprovechar la oportunidad siempre que sea posible.

“Que se vayan, que vivan la experiencia, que hagan lo posible por irse”, sostuvo.

Baeza reconoce que la realidad económica actual puede hacer que esa decisión resulte mucho más difícil y que un título universitario ya no represente una garantía de futuro. Sin embargo, considera que la formación sigue siendo una herramienta que puede abrir nuevas posibilidades.

“Es una bala que te pueden dar tus padres, una bala que podés guardar, que te va a dar la oportunidad, que te va a abrir puertas”, explicó.

Y para quienes no puedan afrontar una carrera universitaria, también plantea la posibilidad de buscar alternativas de formación más cortas, pero sin perder aquello que considera fundamental: vivir la experiencia.

Porque su propia historia le demostró que estudiar lejos no fue solamente aprender una profesión. Fue aprender a estar solo, a extrañar, a trabajar, a sostener un objetivo y finalmente a regresar.

Fabián Baeza se fue de Río Grande para estudiar y, después de años de esfuerzo, volvió con un título y una profesión. Pero también regresó con algo que había llevado consigo desde el principio: los vínculos, los recuerdos y la certeza de que algunas raíces permanecen incluso cuando hay miles de kilómetros de distancia.

Su historia empezó en las aulas del Don Bosco, continuó en La Plata y terminó encontrando nuevamente su lugar en Río Grande. Y en ese recorrido, entre una carrera que no estaba en los planes iniciales, una familia que hizo enormes esfuerzos y amigos que funcionaron como punto de regreso, terminó construyendo mucho más que una profesión: una historia de vida.

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