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17/08 2026

Una refacción puede alterar materiales que permanecieron inmóviles durante décadas. Cuando contienen asbesto, determinadas tareas de obra pueden liberar fibras microscópicas al aire y transformar una intervención habitual sobre un edificio antiguo en una situación que exige otras precauciones.

La aparente contradicción tiene una explicación: prohibir el asbesto no hizo desaparecer lo que ya estaba instalado. En Argentina dejó de permitirse su utilización hace más de veinte años, pero cubiertas, aislaciones, tuberías y otros elementos fabricados anteriormente pueden seguir formando parte de construcciones existentes.

La prohibición dejó un problema dentro de edificios existentes

El asbesto, también conocido como amianto, fue utilizado durante décadas por su resistencia al calor, al desgaste y al fuego, además de sus propiedades aislantes. Esas características explican su presencia histórica en distintos materiales destinados a la construcción y a usos industriales.

Uno de los más conocidos es el fibrocemento, aunque también fue empleado en determinados revestimientos, aislaciones, tuberías, calderas, juntas y otros componentes. Su uso extendido dejó un legado que todavía aparece cuando se intervienen estructuras construidas antes de las prohibiciones.

Argentina avanzó en dos etapas principales. En 2000 prohibió la producción, importación, comercialización y uso de las variedades de asbesto conocidas como anfíboles. Al año siguiente hizo lo mismo con el crisotilo, con una prohibición que entró en vigencia el 1° de enero de 2003.

Las restricciones frenaron nuevos usos, pero no implicaron una remoción automática de todos los materiales previamente colocados. Esa diferencia explica por qué el tema continúa vinculado a tareas actuales de mantenimiento, remodelación y demolición.

El riesgo cambia cuando el material se rompe o deteriora

La presencia de asbesto y la exposición a sus fibras no son exactamente lo mismo. El estado del material y el tipo de intervención resultan determinantes.

La normativa argentina sobre manipulación de amianto contempla específicamente operaciones de demolición en construcciones que lo contienen y establece medidas para tareas capaces de generar polvo o fibras. Entre otras situaciones, menciona procedimientos como cortar o perforar materiales y exige métodos destinados a limitar su dispersión.

Una reforma puede modificar, entonces, las condiciones que existieron durante años. Un componente que permanecía sin ser alterado puede quebrarse, cortarse o retirarse; una demolición, por su propia naturaleza, multiplica las intervenciones mecánicas sobre distintos elementos de una estructura.

Ese es también el punto que subraya la Organización Mundial de la Salud. La OMS considera cancerígenas todas las formas principales de asbesto y señala que las personas que trabajan en construcción, mantenimiento o demolición de edificios donde fue utilizado pueden quedar expuestas incluso décadas después de su instalación.

La exposición se vincula con enfermedades como el mesotelioma, distintos tipos de cáncer y la asbestosis. A esto se suma una particularidad: los efectos pueden manifestarse muchos años después de la exposición, una latencia que ayuda a explicar por qué el problema sanitario continúa después de que un país prohíbe el material.

El fibrocemento es una pista, pero no alcanza para identificar asbesto

Las antiguas placas onduladas son probablemente una de las imágenes más asociadas al amianto. Sin embargo, hay una distinción necesaria para evitar generalizaciones: fibrocemento no es sinónimo de asbesto.

Existen productos de fibrocemento fabricados con otras fibras. Del mismo modo, que una vivienda o edificio tenga varias décadas de antigüedad puede justificar atención sobre los materiales utilizados, pero no demuestra por sí solo que un elemento determinado contenga amianto.

La antigüedad funciona más como contexto que como diagnóstico. Lo relevante para una obra es determinar si existen materiales susceptibles de contener asbesto y si las tareas previstas pueden alterarlos.

Esto importa porque el problema suele aparecer justamente cuando una construcción cambia: renovación de una cubierta, reemplazo de instalaciones, ampliaciones, rehabilitación integral o demolición. Lo que durante años formó parte silenciosa de un edificio pasa entonces a ser manipulado.

Una demolición empieza antes de derribar la estructura

La presencia potencial de materiales peligrosos modificó también la manera de entender una demolición. Ya no se trata únicamente de reducir una construcción a escombros y retirarlos.

En estructuras antiguas puede haber una etapa previa destinada a reconocer materiales, organizar su extracción y evitar que residuos con características diferentes terminen mezclados. El derribo propiamente dicho pasa a ser una fase dentro de un proceso más amplio.

Esta evolución puede observarse también en empresas que comenzaron su actividad cuando el uso del amianto todavía estaba extendido y que con el tiempo incorporaron tareas específicas para su gestión.

En Baleares, por ejemplo, Medina Demoliciones tiene su sede en Mallorca y desarrolla actividad desde 1973. Junto con demoliciones, desmontajes y excavaciones, actualmente incluye la retirada de amianto entre los trabajos especializados vinculados con construcciones existentes.

El caso refleja una transformación del sector: una demolición sobre una estructura antigua puede requerir separar previamente determinados componentes y controlar su manipulación antes de que intervenga la maquinaria destinada al derribo general.

El problema tampoco termina cuando el material sale del edificio

Una vez retirado, un elemento con asbesto no se transforma en un escombro convencional. La posibilidad de liberar fibras obliga a considerar también qué ocurre durante su acondicionamiento, traslado y disposición.

La normativa argentina establece procedimientos para los desechos que contienen amianto, incluidas condiciones de almacenamiento, identificación y disposición final. También exige medidas destinadas a impedir la contaminación del aire, el suelo o el agua.

Esto introduce una diferencia relevante frente a otros residuos de una obra: controlar la exposición también implica controlar el destino del material retirado. Una intervención mal resuelta puede simplemente trasladar el problema desde el edificio hacia otro lugar.

La OMS aplica el mismo criterio al considerar que los residuos con asbesto deben ser tratados como peligrosos y que la prevención de la exposición incluye tanto los trabajos sobre materiales instalados como su remoción.

Un problema que seguirá apareciendo en las obras

Los edificios tienen una vida útil mucho más extensa que muchos de los materiales y normas que existían cuando fueron construidos. Por eso una prohibición puede producir efectos inmediatos sobre las obras nuevas y, al mismo tiempo, dejar un problema heredado durante décadas.

La OMS advierte precisamente que, debido al uso histórico del asbesto en edificios, será necesario continuar protegiendo a los trabajadores durante tareas de mantenimiento y remoción durante muchos años.

A medida que construcciones antiguas atraviesen refacciones, cambios de instalaciones o demoliciones, esos materiales volverán a quedar en primer plano. Esto no significa que todo edificio antiguo contenga asbesto ni que cualquier elemento envejecido represente automáticamente el mismo riesgo.

La cuestión es más concreta: antes de intervenir materiales susceptibles de contenerlo, importa saber qué hay realmente en la estructura y evitar que una obra capaz de romperlos o degradarlos libere fibras de manera innecesaria.

Así, el asbesto dejó de ser un material de uso corriente pero no desapareció por completo del entorno construido. Su legado se vuelve visible precisamente cuando los edificios cambian, y convierte a determinadas reformas y demoliciones en uno de los momentos en los que una decisión tomada décadas atrás todavía puede tener consecuencias en el presente.

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