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21/08 2026

Luis, oriundo de Formosa y radicado en Río Grande, construyó una historia atravesada por la danza, la enseñanza y el desafío permanente de superarse. Del folklore al tango, y del escenario a las aguas frías, encontró en cada experiencia una nueva manera de aprender y compartir.

Hay historias que no siguen un único camino. Se construyen a partir de encuentros, decisiones y desafíos que, con el paso del tiempo, terminan formando una identidad. La historia de Luis es una de ellas.

Oriundo de Formosa y radicado en Río Grande después de su paso por el servicio militar, encontró en la danza uno de los primeros espacios donde pudo expresarse. Sus comienzos estuvieron ligados al folklore, a través de los talleres municipales de Víctor Hugo y Viviana Torrado, en Los Yaganes.

Lo que comenzó como una experiencia más terminó despertando una pasión. Un viaje a Cosquín junto al Ballet Municipal marcó otro momento importante en su recorrido. Allí apareció con mayor fuerza su interés por el tango, una disciplina que con los años se convirtió en una forma de vida.

Cuando comenzó, Luis no se veía como referente. “Yo no era nadie, no me consideraba una persona referente de nada”, recuerda en diálogo con Diana Flores. Había llegado al tango de manera casual, pero encontró en él un camino que decidió recorrer.

De allí también surgió El Cachafaz, nombre que eligió para su taller de tango como homenaje a un gran bailarín, Virgilio Bianque. Con el tiempo, ese espacio se convirtió en un lugar de aprendizaje, encuentro y formación.

Luis también observa cómo el tango fue cambiando. “El tango ha tomado muchas formas y muchas herramientas de diferentes danzas y eso lo ha llevado a un nivel superior”, sostiene. Entre esas transformaciones identifica al tango de competencia, una expresión que, según explica, tiene características propias y un espacio específico dentro del universo del género.

En ese mundo, Río Grande también ocupa un lugar especial. Luis habla con orgullo de esa “mesa chica del tango” en la que puede compartir con bailarines que llegaron a lo más alto y que surgieron de la ciudad. Entre ellos menciona a Sebastián Martínez y Agustina Piaggio, dos referentes que representan el talento construido desde estas tierras.

Pero su historia no termina en la danza. A los 50 años decidió aprender a nadar con el objetivo de realizar el nado de Malvinas. Hoy practica natación en aguas frías sin traje de neoprene, otro desafío que combina entrenamiento, respiración y fortaleza mental.

Entre el tango y las aguas frías aparece el mismo hilo conductor: animarse a empezar, aprender y volver a desafiarse. Desde Río Grande, Luis sigue construyendo su camino, mientras transmite a otros aquello que alguna vez comenzó aprendiendo casi por casualidad.

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