Un informe del Colegio de Ingenieros recordó que Tierra del Fuego se encuentra en la zona de mayor peligrosidad sísmica del país. ¿Estamos preparados para enfrentar un evento de estas características?
Cada vez que un terremoto sacude algún lugar del mundo, las imágenes se repiten. Edificios derrumbados, calles colapsadas, familias buscando respuestas entre los escombros y comunidades enteras intentando reconstruirse.
Esta vez fue Colombia. Pero podría haber sido cualquier otro lugar.
Y fue precisamente ese acontecimiento el que llevó al Colegio de Ingenieros de Tierra del Fuego a poner nuevamente sobre la mesa un tema del que se habla poco: el riesgo sísmico en la provincia. El documento difundido por la institución recuerda algo que suele quedar relegado en la agenda pública: Tierra del Fuego no está exenta de sufrir un terremoto.
El dato no es menor.
La provincia está ubicada sobre la falla Magallanes-Fagnano, una estructura geológica que atraviesa la Isla Grande y que en 1949 provocó el mayor sismo registrado en la región, con una magnitud de 7,75.
Tolhuin aparece como la localidad más expuesta por su proximidad a la falla, aunque Ushuaia y Río Grande también podrían verse afectadas por un evento de gran magnitud.
Sin embargo, el verdadero debate no pasa por preguntarse si un terremoto volverá a ocurrir.
La pregunta es otra: ¿estamos preparados?
El propio Colegio de Ingenieros recuerda que Tierra del Fuego está clasificada dentro de la categoría de mayor peligrosidad sísmica del país, lo que implica exigencias específicas en materia de construcción.
Y aquí aparece un interrogante que trasciende a los profesionales: ¿cuántos vecinos conocen esta realidad? ¿Cuántos saben cómo actuar durante un sismo? ¿Cuántos edificios cumplen con las normas vigentes?
El informe insiste en un concepto que merece ser recuperado: la preparación no debe surgir después de una tragedia, sino mucho antes.
Porque los terremotos son fenómenos naturales. Las catástrofes, muchas veces, son consecuencia de la falta de prevención.
Quizás ese sea el principal aporte del documento: recordarnos que hablar del riesgo sísmico no significa generar miedo. Significa asumir una realidad que forma parte del territorio en el que vivimos.
Y entender que prepararnos también es una forma de cuidarnos.
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